lunes, 25 de abril de 2011

Ella sigue esperando.

Aquel iba ser su día. Su noche, mejor dicho. Habían estado esperando ese momento muchísimo tiempo. Habían pasado tanto para conseguir al fin estar juntos... Quizá la que peor lo había pasado era ella, viendo durante demasiado tiempo como él se paseaba por la ciudad al lado de otras, sin apenas prestar atención a aquella chica solitaria que le observaba desde lejos. Las once de la noche. Nada. Las doce, ni rastro de él. La una, las dos, sigue sin aparecer. Es hora de irse. Llega a casa, y ella se derrumba en su cama. Preocupada, envía un mensaje: ¿Donde estás? Dijiste que ibas a venir, y no apareciste. Ni siquiera avisaste. ¿Es eso lo que te importo? Pulsa la tecla de enviar. Ya no está preocupada, sino enfadada. ¿Qué hizo ella para merecer tan mala suerte en el amor?
Mensaje recibido: No te enfades, que tenía pensado quedarme hasta última hora. Ya te lo compensaré. Yo también tengo ganas de verte. Cansada y harta, ella le perdona, porque, al fin y al cabo, lo quiere y... y lo echa muchísimo de menos, y es incapaz de enfadarse con él.

A la mañana siguiente, ella se da cuenta. ¿Que se lo compensará? ¿Pronto? ¿Y cuando sería eso? ¿Que se iba a quedar hasta última hora? ¿Qué tipo de excusa es esa? Pero, de todos modos, tiene que perdonarlo, lo quiere demasiado como para enfadarse con él. Quizá sea tonta, quizá no se de cuenta de la realidad, de lo que pasa delante de sus ojos, quizá sea verdad eso de que el amor es ciego, y quizá también el amor aciegue. Se quedaría a su lado toda la vida para descubrirlo.



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