lunes, 25 de abril de 2011

Tú también lo prometiste, fuimos dos equivocados...

¿Sabes? El sol no está ahí para cegarnos, ni las tormentas para no poder volar, ni tu futuro es como tú lo estás pintando, ¿es que no ves que en esta vida hay que soñar?
Qué ironía... Tú no lo das, ¿quién diablos te lo quita? A veces menos es más, lo que no entiendes es que ya no queda nada, nada que perder.

-¿De verdad existía el mundo antes de llegar nosotros?
+Sí.
-¿Y para qué?

Yo te quiero, pero...


Y debería hacer todo por ti. Debería...


28.

Y es sencillamente sencillo, digo yo, ¿no será mejor follar que fumar cigarrillos?

Tú.

Y ya no sé si reír o llorar, no rendirme o dejar ya de luchar.

Quiéreme...

Quiéreme, susurró al fin, desde su confín de marfil. Nadie podía oírla, ni tocarla ni sentirla. Y así huyó, se escabuyó entre el murmullo de sus gentes, inocentes, de sus más oscuros secretos confidentes. Nadie la entendía, nadie sabía cómo podía vivir tanto y soportarlo día a día. Monotonía, osadía, amor no correspondido, sueños perdidos en el olvido. entre el asfalto o un infarto, quién sabe si el futuro de nosotros ya está harto. Pronto cesará, de nuevo acabará esta historia, de mil penas y ni una gloria, como una noria, siempre dando vueltas , sin llegar al cielo, vuelo, ella consigo misma tuvo un duelo y creyó que que hacía lo correcto. De nuevo ella se equivocó, pues él era de todo menos sincero pero, el dolor de ambos era cierto, eterno, cuando llegaron a ese ugar negro ninguno podía creerlo.
Ellos nunca lo dirían, pero en el fondo se querían.

Ella sigue esperando.

Aquel iba ser su día. Su noche, mejor dicho. Habían estado esperando ese momento muchísimo tiempo. Habían pasado tanto para conseguir al fin estar juntos... Quizá la que peor lo había pasado era ella, viendo durante demasiado tiempo como él se paseaba por la ciudad al lado de otras, sin apenas prestar atención a aquella chica solitaria que le observaba desde lejos. Las once de la noche. Nada. Las doce, ni rastro de él. La una, las dos, sigue sin aparecer. Es hora de irse. Llega a casa, y ella se derrumba en su cama. Preocupada, envía un mensaje: ¿Donde estás? Dijiste que ibas a venir, y no apareciste. Ni siquiera avisaste. ¿Es eso lo que te importo? Pulsa la tecla de enviar. Ya no está preocupada, sino enfadada. ¿Qué hizo ella para merecer tan mala suerte en el amor?
Mensaje recibido: No te enfades, que tenía pensado quedarme hasta última hora. Ya te lo compensaré. Yo también tengo ganas de verte. Cansada y harta, ella le perdona, porque, al fin y al cabo, lo quiere y... y lo echa muchísimo de menos, y es incapaz de enfadarse con él.

A la mañana siguiente, ella se da cuenta. ¿Que se lo compensará? ¿Pronto? ¿Y cuando sería eso? ¿Que se iba a quedar hasta última hora? ¿Qué tipo de excusa es esa? Pero, de todos modos, tiene que perdonarlo, lo quiere demasiado como para enfadarse con él. Quizá sea tonta, quizá no se de cuenta de la realidad, de lo que pasa delante de sus ojos, quizá sea verdad eso de que el amor es ciego, y quizá también el amor aciegue. Se quedaría a su lado toda la vida para descubrirlo.